La tauromaquia
y la cultura especista

Ninguna aberración realizada por la elite y los grandes propietarios de este país deja de ser un fenómeno aislado, por más trivial y festivo que parezca. El caso de la tauromaquia, que aún no ha sido lo suficientemente aclarado, ha representado desde siempre el grado de infamia y cinismo que hacen confluir en un mismo momento gran parte de las contradicciones que tienen al país en la ruina política, ética, económica y ecológica.

La tauromaquia es el símbolo de la opulencia y el escenario en el que la clase burguesa colombiana, ufanada en el lujo y el control, desperdicia su tiempo mientras otros esclavizan y torturan, con su complicidad, a otros animales por pertenecer a una especie distinta. Y es que si bien la tauromaquia en Colombia tiene cada vez menos espectadores que hace unos años, no deja de ser cierto que continua siendo el reflejo de una creciente violencia estructural que afecta tanto a humanos como no-humanos.

Una de estas formas de violencia, de la cual es reflejo y expresión la tauromaquia, es la ganadería y su muy estrecha relación con el poder político y el uso sistemático del paramilitarismo. La obsesión por el toreo, en el cual dominan la crueldad y el machismo, siempre ha ido de la mano con el problema de la tenencia de la tierra en Colombia. Debido a la importancia económica y política de este sector, el paramilitarismo resultó ser un antídoto a la inconformidad social campesina que a lo largo del siglo XX ha visto cómo sus tierras han sido paulatinamente incorporadas a la frontera agrícola por medio de la violencia y la represión. La estrecha relación que la ganadería tiene con el paramilitarismo se puede ver claramente, por ejemplo, en departamentos como el de Córdoba donde ostentan un gran control político en la región. La triada tauromaquia-ganadería-paramilitarismo representa, pues, el mundo de crueldad y violencia política y económica que vive el país.

Otra forma de violencia presente en la tauromaquia es el especismo, o discriminación en virtud de la especie. El “espectáculo” taurino, en donde son utilizados animales no humanos para brindar entretenimiento al público sediento de sangre, es una manifestación más de la violencia antropocéntrica que caracteriza a las sociedades en su conjunto, en especial a la colombiana. En la fiesta brava, el hombre (en sentido literal, ya que la tauromaquia es una práctica machista) pretende demostrar su valentía y su supremacía frente al toro, enfrentándosele; quiere demostrar su superioridad, su poder y su dominio frente al no humano hasta desangrarlo lentamente, porque bajo su concepción especista el animal no humano es inferior y no merece ser tenido en consideración.

Vemos que el especismo se manifiesta en el espectáculo taurino en la presumida superioridad del hombre frente al no humano. La infravaloración de sus intereses hace parte de la cultura especista que nos rodea, a través de la cual se justifica el uso de animales para el entretenimiento humano como en los circos, las peleas de gallos o de perros entre otros, así como para la alimentación y la vestimenta.

Quienes no estamos de acuerdo con la tauromaquia no podemos resignarnos, como lo sugieren los taurinos, a “respetar las prácticas y los gustos de los otros”, pues en el acto taurino se sacrifican las vidas de animales inocentes, se reproduce la crueldad, la violencia y el sistema esclavista que la humanidad había creído destruir hace más de 150 años. Las mujeres, así mismo, también somos víctimas de la cultura sexista que caracteriza la tauromaquia.

Dentro de la fiesta brava también se reproducen relaciones de opresión hacia la mujer, ésta se refleja en la simbología del acto, en donde el torero muestra su hombría a través de la violencia, y en la concepción estética de la mujer, como objeto sexual. Por eso las y los antitaurinos no podemos caer en el mismo juego sexista y reproducir el lenguaje y la cultura machista.

CONTRA EL SEXISMO, EL ESPECISMO, EL RACISMO Y POR SU PUESTO,

CONTRA EL CAPITALISMO!!!

No más corridas de toros!!!!!